Freud. La demolición del paradigma

 

Razón autorreferencial y autónoma, base de fundación del pensamiento moderno en Occidente

 Con la Ilustración el sujeto moderno se permitió concebirse como sustancia estable para organizar el mundo de acuerdo con un principio de verdad. Este sujeto es más bien funcional para la centralización de un poder que permitirá la consolidación del estado y de la burguesía dentro de la nación moderna. El hombre de la modernidad encuentra su legitimación en su aspiración de totalidad y control.

 John Locke (1632 -1704) en “Essay Concerning Human Understanding” aborda la manera que tiene el hombre moderno de entender la realidad. No tenemos ideas innatas, pre-concebidas, sino que poseemos un espacio vacío y disponible, a modo de “papel blanco”. Este espacio vacío es amueblado de acuerdo con un modelo basado en la experiencia ante lo “que está ya ahí”, el cual consta de dos fases: 1) los objetos externos afectan a nuestra mente (sensación), 2) a partir de la transición desde lo exterior a lo interior la mente percibe y se da cuenta de su propio funcionamiento (entendimiento).Por tanto, según la reconstrucción lockiana del proceso de entendimiento, el conocimiento se construye a través de un doble proceso de objetivación y consiguiente internalización/apropiación. Esto significa que el sujeto que la lógica de Locke propone está constituido “en relación” a sus propios objetos, necesarios para que el sujeto pueda concebirse.  Ahora bien, los objetos son necesarios para que el sujeto pueda llamarse sujeto, aunque es sólo en su interioridad donde el sujeto encuentra su fuente última de legitimación. A esta legitimización, que resulta ser un proceso de reconstrucción, Locke la da el nombre de “razón”. Razón será la habilidad para la autorreflexión de una “mente amueblada”. La razón para Locke es la consecución de un individuo desarrollado. Esto implica excluir lo que no controlamos por completo, esto es, los sueños, puesto que no  nos permiten la distinción entre interior y exterior y no consolidan nuestra “experiencia”. Los sueños no tienen relación alguna con el conocimiento para Locke. En suma, el individuo es equivalente a un principio de orden y control. Ser sujeto implica una dominación: la dominación de la realidad, del objeto, del “otro” exterior constituido como materia ciega y sin sentido.

 Descartes (1596 – 1650), por su parte, erige el “res cogitans”: el sujeto es una “cosa pensante” en esencia. El “yo” es aprehensión intelectual, puro intelecto sobre el que se funda la garantía de las cosas. Este “Yo” como pensamiento acompaña “las luces”, el siglo de la razón burguesa.

 Siglo XX: Sujección y ruptura de la Razón

 Sigmund Freud (1856-1939) promueve un cambio de paradigma a la hora de concebir el sujeto dela Ilustración a través de obras como “La interpretación de los sueños”, “El malestar en la cultura”, ”Psicopatología de la vida cotidiana”, “El yo y el ello”, “Más allá del principio del placer”…

El sueño es representado no como patología individual, sino como un principio que estructura nuestra mente; ya no son perturbaciones ocasionales en estados alterados, sino la figura más auténtica y propia de nuestro ser.

 Los sueños siguen un lenguaje organizado por una “agency” irreductible a la consciencia. Freud cree que los sueños tienen una lógica específica con la que participan de la vida del sujeto. Los sueños son producto de un conflicto, del resultado de dos lógicas yuxtapuestas, ninguna de las cuales puede nunca eliminar a la otra, ya que cada una existe a pesar y debido a la otra. Los sueños, como un “producto psíquico pleno de sentido, al que puede asignarse un lugar perfectamente determinado en la actividad anímica de la vida despierta”.

 Cada sueño tiene un significado, pero el establecimiento de esta verdad sigue un camino muy tortuoso que sólo se consigue con un análisis adaptado a la historia de cada sujeto. Los sueños no deben ser considerados como unidades aisladas, sino como procesos contextualizados. Se les conecta, primero por asociación y después a través de un examen detallado de las unidades simples, con el material que emerge como información de fondo. Este material tiene que ver, en primer lugar, con la información sobre el “día del sueño”, donde se encuentran los elementos que “instigaron” el sueño. En segundo lugar, el material está constituido por información de experiencias anteriores, muchas de las cuales se remiten a un pasado remoto (infancia, muchas veces).

 El sueño resulta ser la representación de algo que aparentemente no es, de algo que está oculto, y que emerge metafórica o metonímicamente, distorsionado o disfrazado, mientras el principio de la no contradicción casi nunca se respeta.

 El significado del sueño empieza a surgir con la puesta en escena de un material que no viene dado, sino que debe ser re-construido por medio de una especial atención. El significado aparece disponible solamente cuando existe una constitución de red de relaciones entre el contenido manifiesto y ese material que surge sólo en el ámbito del descubrimiento que permite el análisis.

 El sueño tiene sus “pensamientos”, deseo o serie de deseos que no se han hecho conscientes. El contenido “latente” oculto es opuesto al contenido más evidente que el sueño parece proporcionar. Los dos niveles (pensamientos del sueño/contenido del sueño) aparecen descentrados el uno respecto del otro; el centro “real” de sueño está lo más lejos posible de la re-presentación del contenido del sueño. La “esencia” del sueño está representada a nivel metafórico, como ausencia. Un simple elemento o incuso un suceso tiene relación con más personajes que se encuentro “dentro” y “fuera” del escenario”.

Freud conmina a actuar como un detective en la escena del crimen, desde lo manifiesto hasta el contenido latente del sueño. Es a través de un examen minucioso de los detalles marginales de la escena, a partir de hechos contradictorios o aparentemente poco importantes del contenido del sueño, como se puede llegar a la luz de la compleja naturaleza semiótica de los procesos psíquicos.

 Repercusión de Freud: la conciencia sólo es un mecanismo más, y no de hecho el más importante, no teniendo control sobre aquellos recuerdos alojados en lo pre-consciente. La conciencia aparece como un receptor de estímulos mecánico y pasivo, una especie de conector entre el sistema psíquico y el mundo. Se admite la conciencia como un órgano de percepción. “¿Qué misión queda, pues, en nuestra representación, a la conciencia antes omnipotente y que todo lo encubría? Sencillamente la de un órgano sensorial para la percepción de cualidades psíquicas”. No es, por lo tanto, en la supuesta “omnipotencia” de lo consciente, sino precisamente en la dirección opuesta, en su impotencia para formar parte de los procesos cognitivos y semióticos del aparato, donde yace la “verdadera” realidad de los procesos psíquicos. Es al separar lo “físico” de lo “consciente, al considerar a toda la conciencia simplemente “escondida…de la vista” cuando descubrimos otro “Yo” que piensa, y que habla en un lenguaje diferente, pero cuyo lenguaje tiene caracteres y leyes sintácticas que constituyen un orden diferente y oculto de verdad racional.

 Freud tiene “la convicción indestructible de que los procesos intelectuales más complicados y correctos, a los que no es posible negar el nombre de procesos psíquicos, pueden desarrollarse sin intervención de la conciencia del individuo”. No es, por tanto, el “yo” consciente el que constituye la realidad del sujeto, sino otro, que está ausente. Esta presencia desdibujada está en sí misma en conflicto con la ley, con las prohibiciones y con los tabúes, de ahí que se exprese a través de fragmentos, metáforas y metonimias, en un lenguaje disfrazado y retorcido; hace sentir su ausencia en los márgenes: en sueños, detalles, síntomas, huellas, en las grietas del pensamiento coherente.   Ésta es la razón por la que la teórica Giulia Colaizzi define el paradigma epistemológico de Freud como “sintomático”.

 Para Freud, este otro desconocido “Yo” es el verdadero sujeto: “Para llevar a un exacto conocimiento del proceso psíquico es condición imprescindible dar a la conciencia su verdadero valor, tan distinto del que ha venido atribuyéndosele con exageración manifiesta. En “lo inconsciente” tenemos que ver la base general de la vida psíquica. Lo” inconsciente” es el círculo más amplio en el que se halla inscrito el de “lo consciente”. Todo “lo consciente” tiene un grado preliminar en “lo inconsciente”, mientras que “lo inconsciente” puede permanecer en ese grado y aspirar, sin embargo, al valor completo de una función psíquica”.

 “La cosa pensante” de Descartes, o “esa mente, o inteligencia, o intelecto, o razón” con a que Locke nos invitaba a apropiarnos de la realidad, es reducida a mera materia orgánica que tiene que adaptarse a un orden que no puede determinar ni controlar.

  El sujeto cartesiano, como principio de estabilidad e identidad, como agente de comprensión y control del mundo, ha dejado de existir. En su lugar tenemos una multiplicidad de factores y agencies, la noción de entendimiento como un proceso continuo de desplazamiento y postergación, la realidad como ausencia estructural, siempre “incompletamente presentada”. El único conocimiento posible es un conocimiento localizado y temporal de significado provisional.

 El sujeto se define mediante una ausencia estructurante. Se aproxima la noción de sujeto al significado etimológico del participio pasado latino del cual deriva la palabra “sujeto” (sub-iectum=lo que ha sido empujado hacia abajo). Freud hace del sujeto algo próximo a un objeto que sólo se da en el lenguaje, es decir a un significante que sólo es posible dentro del (en tanto sujeto al) discurso. En este sentido la importancia de la crítica radical de Freud se basa en el hecho de presentar a un sujeto que sólo puede existir dialógicamente, es decir, sólo en relación con un orden al que se somete, con una “otredad” que nunca puede ser dominada, ni eliminada ni siquiera conocida, porque, en cuanto se la conoce, ya se encuentra en otro lugar.

 La teoría de Freud distorsiona la claridad de las representaciones, la lógica de lo simbólico, la fuerza de la ley, la aparente y falsa naturaleza compacta de los “datos” del mundo “exterior” porque la heterogeneidad del “yo”, su “oscuridad”, no es más que el otro lado complementario del mundo, que le permite presentarse como orden superior de estabilidad y de verdad autoproductiva.


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