Melancholia (2011)

Melancholia (2011), al igual que la precedente y complementaria AntiChrist (2009), está transida de la actitud del ser humano frente a una tragedia tornada de irreversible.

¿Cómo reaccionar cuando aquello que hemos concebido como seguro y normal se resquebraja? ¿Qué ocurre cuando explotan los fundamentos de la realidad y salpican las comisuras de nuestra propia existencia, dejándola hecha añicos? ¿Qué valor podemos dar a nuestras instituciones sociales y a la proyección futura de nuestras aspiraciones si la supervivencia de las mismas está condicionada por factores abruptos e incontrolables de transformación/destrucción? ¿Cómo responder ante la pizca-de-lo-Real que nos instiga hasta que perdemos el equilibrio ante el filo de lo que reconocíamos como nuestra identidad? Pérdida de lo simbólico y aparición de lo Real no simbolizable, es decir, de aquello que nos aterra y no queremos identificarlo porque rompe con nuestro código de instituciones, lenguaje, estructuras, reconocimiento…

Si en “AntiChrist” las reacciones a ilustrar eran las de la paranoia y la esquizofrenia, después de las cuales se producía una reintegración impostada de mitos caducos, lo que apuntalaba un “eterno retorno”- a modo de condena de la humanidad, obligada a repetir una y otra vez sus intentos de afrontar la otredad-, ahora “Melancholia” incide en los recursos con los que el ser humano puede encarar el inminente fin del mundo: la depresión y la ansiedad.

“Melancholia” tiene dos partes claramente diferenciadas por sus protagonistas (Justine, Claire). Tanto Justine como Clarice son el mismo personaje enfrentándose a los preludios de la destrucción, si bien cada hermana está condicionada por fuerzas distintas. La parte de Justine (personaje de motores irracionalistas y telúricos) aborda la depresión autodestructiva, y la de Clarice (contrapeso racionalista a Justine) ilustra la ansiedad ante lo que no se quiere o no se puede reconocer porque hemos estado entregados durante toda nuestra vida a la convicción de la idea social de normalidad.

El juego que nos propone Lars Von Trier es el de reconocer el estoicismo que encierra la figura de cualquier depresivo, y la ansiedad que late tras aquél que se parapeta con la racionalidad. Porque, a fin de cuentas, ¿quién si no el depresivo está mejor preparado ante la llegada del fin del mundo? Quien siente que ya ha perdido sus objetos de afecto en este mundo puede tener tiempo para aplaudir la función.

Las dos historias están llenas de paralelismos. Justine y Clarice se debaten entre aceptar lo que les invade (real y metafóricamente), lo que equivale a dejar rienda suelta nuestros sentimientos más atávicos (depresión, irracionalidad, ansiedad), o luchar para sacar brillo a la adversidad,  lo que no es otra cosa que sujetarse al quehacer diario como una máscara rutinaria donde el espectáculo de las costumbres debe siempre funcionar, pase lo que pase. Justine acaba por abandonar su carrera profesional y su matrimonio, Claire se percata de la inutilidad del progreso y de la Ciencia: ambas sufren del desgajamiento de la funcionalidad de lo social y quedan prendidas a lo patológico. Tanto Justine como Claire optan en cierto momento de sus procesos internos por dar vueltas  con un cochecito eléctrico a través de un campo de golf que ha perdido su total funcionalidad, como también la han perdido instituciones sagradas por la comunión social como la del matrimonio o la de la ciencia. Ambas, pese al impulso prometedor en el que se nos ilustra inicialmente sus vidas, acaban por perderlo todo, y ese “todo” entendámoslo como el sinnúmero de adornos físicos y psicológicos con los que llenamos nuestra vida para engañarnos ante lo inevitable y para no querer reconocer como definitoria la ley que rige la existencia, aquélla cuyo acatamiento se prohíbe decir en voz alta, pese a que todos estamos igualmente sometidos: los factores que rigen nuestra vida son externos a la propia voluntad. Es algo que ya se preludia en la primera escena: el coche donde viajan los recién casados es demasiado grande para el camino de destino a la Iglesia, por lo que no pueden avanzar y se ven obligados a llegar tarde.

Tan poco controlable como los fenómenos naturales que mueven planetas y guían el curso de mareas y horas de salida del sol y de la luna, son los componentes psicológicos de nuestra identidad, que nos determinan aunque raspen nuestros propios intereses hasta dejarnos en la inanición. Ambos, psique y naturaleza, debilitan hasta la explosión aquello que el ser humano ha puesto erróneamente como el primer orden de cosas: las instituciones sociales, aquéllas que nos dicen cómo, cuándo y por qué desear. La intención de Justine de controlar su melancolía para colmar las necesidades de los demás es tan estéril como la de Clarice al querer impedir lo sombrío de la muerte que acontecerá con la destrucción del planeta Tierra. Nuestras aspiraciones personales y convenciones sociales no inciden en el producto de nuestra existencia; suponen minúsculas muecas frente a la impenetrabilidad de nuestra consciencia, que es interna (lo que venimos a llamar psique) y también externa (esos planetas, Melancholia y Tierra, que siguen una danza de incomprensible funcionalidad hasta su choque mortal). Al final, en nuestro final, bien podemos sustituir una mansión con caballos y carísimos aposentos por una “cueva” formada por palos: mismo recurso para abordar nuestro desamparo ante el designio de la existencia. Es la lección que aprenden las protagonistas, teniendo cada una de ellas una reacción y un proceso de aprendizaje distinto: no somos nada para el universo; las leyes naturales acaban con las leyes sociales, puesto que éstas son una pátina ante lo impotetente de nuestra voluntad; el resultado de nuestras luchas depende de fuerzas más allá de nuestro control. El planeta acaba destruyendo a la Tierra como la melancolía acabará destruyéndonos a todos.

Es el mensaje de un pesimista destructivo como lo es (y mucho) Lars von Trier. Por eso la primera parte de la película, aquella dedicada a una depresiva autodestructiva, resulta ser más interesante y cercana a sus intereses.

En las obras de Lars von Trier el personaje principal (femenino) siempre sufre la violencia de una comunidad que no puede o no quiere cambiar unas reglas sociales que agreden al diferente. En el caso de la protagonista de “Melancholia”, Justine se ve sujeta a un contexto (el día de su boda) y a un grupo social interesado en esgrimirle una suerte de forzada ortopedia para que su comportamiento se adecue a lo esperado. Es en la lucha de Justine ante sí misma y ante su comunidad, presente la disyuntiva entre aceptar su disfuncionalidad o someterse a la dominación de lo social, donde se nos conmueve más. Finalmente, Justine se desvincula o es desvinculada de los códigos impuestos que nos determinan a ser “sujeto”- entendamos sujeto como efecto de sujeción- a cambio de un reconocimiento personal y social. Su mundo ha estallado. Y con ello su identidad, lo que la sitúa en el registro de lo psicótico. Fundido en negro y segunda parte de la película, con cambio de protagonista.

Con el paso a la historia de Clarice se incide más en la intriga ante la posibilidad de la destrucción de la tierra, amenaza exterior y grandilocuente donde las haya. Clarice es como Justine otro un personaje agónico: su temple es otra de las ficciones que se van desbaratando, su existencia se va resquebrajando hasta el punto de acabar interiorizando la muerte; la racionalidad que muestra durante la película acaba por devenir en ansiedad. El mundo de Clarice también estalla, pero lo hace porque llega el fin del mundo para todo el planeta Tierra. Aniquilación para todos.

El final es análogo al de todas las películas del director danés: los personajes son castigados y en ese castigo el espectador siente el aguijón de Lars Von Trier. Marca de la casa. Aquí los personajes acaban destruidos en todos los sentidos, de la pantalla nos llega un sonido realmente atronador, pero sin embargo no nos sentimos tan conmocionados como la sesión de hipnosis en “Epidemic”, la cuenta atrás de “Europa”, el último baile de “Dancer in the Dark”, el tiro de gracia de Grace en “Dogville”, la brutal supervivencia de “Anticristo”, las campanadas de “Rompiendo las olas”, la bofetada de Karen en “Los Idiotas”… Escenas como el descubrimiento del suicidio del marido de Clarice o la construcción del refugio de la caseta con palos deberían afectarnos más, pero no lo hacen. ¿Es por el componente previsible y anunciado de la calamidad? También lo tenían las anteriores películas. ¿Corre peligro Von Trier de repetirse? Lo dudo.

Atrás ha quedado la perversidad clave de las mejores secuencias de su filmografía, siempre a un paso de caer en el ridículo. En su lugar tenemos una segunda parte en exceso académica y controlada. Si el final de “Melancholia” no nos impacta como debiera es porque a Lars von Trier no le interesa de verdad narrar el fin del mundo; debía llegar la explosión del planeta Tierra como compromiso al desarrollo de sus personajes, pero él cuando disfruta y da lo mejor de sí es cuando nos conmina a situarnos en frente de quién está siendo violentado por los mecanismos de las convenciones comunitarias, y el fin del mundo es una amenaza que resulte muy global y poco sutil como para que pueda hacer una aproximación interesante.

La violencia antagonista en esta parte del metraje resulta demasiado objetiva, demasiado expansiva (¡!el fin del planeta Tierra!) como para implicarnos emocionalmente. La magnitud de la tragedia no nos deja impactados: se nos ofrece a cambio una serie de secuencias bellamente orquestadas pero permanecemos añorando la tensión delicada y subrepticia que acompañaba a Justine. Se termina por atravesar un punto no distinguible de otras películas de catástrofes. Y esto es lo peor que se puede pensar tras ver una película de Lars Von Trier: que su trabajo forma parte de un cine de género que podría haber sido filmado por otro.

Es conmovedor el intento de Clarice de hacer algo, por estéril que sea, para salvar a su hijo a y a sí misma. Pero Clarice  no es un personaje típicamente de Lars Von Trier (como sí lo es Justine, relegada en su protagonismo), y tampoco tiene un perfil especialmente potente, como sí que lo han tenido siempre sus avatares cinematográficos, memorables por su peculiar y perversa honestidad a la hora de actuar frente a una comunidad armada de mecanismos frente al diferente. Los suyos han sido personajes femeninos recordados por una especial complejidad que no sabíamos si abrazar o empujar, lo que nos provocaba una incómoda tensión, y Clarice, pese a su evolución, parece haber sido diseñada de una pieza y no nos despierta esa ambivalencia que nos colocaba ante una posición delicada e interesante, la de no saber hasta qué punto podíamos aceptar nuestra implicación con el personaje sufriente.

Si bien, como ya hemos señalado, “AntiCristh” es un buen complemento a “Melancholia”, Lars von Trier nos ofrece estilísticamente totalmente lo contrario a lo que utilizó en su momento para hablar del “fin del mundo”: bella fotografía, estilizadas imágenes y esforzados planos.

Estamos hablando de una película hermosa. Que quede en el recuerdo ese plano final memorable donde se trasluce el peligro que va a devenir en aniquilación. O el prólogo con música de Wagner donde se suceden imágenes ralentizadas de Justine, envuelta en una siniestra y nunca esclarecida comunión con la naturaleza. No voy a ser yo quién desdiga la maestría del prólogo (bello es), pero sí puedo añadir que a mí me provocó indiferencia. Justine cabalgando, el páramo donde se traslucen las estrellas, los dos planetas en el espacio que chocan… todo evoca el sentimiento de lo sublime, pero eso no quiere decir que lo provoque, como no lo puede provocar lo que supone el recurso fácil, mil veces visto en películas de autor y no de autor, de ofrecer imágenes más-hermosas-que-la-vida acompañadas de una sinfonía grandilocuente para recordarle al espectador eso “tan grande” que se le está contando. En definitiva, a Lars von Trier, como genio que es, le perdonamos muchas cosas, pero lo que más nos gustaría volver a perdonarle son sus excesos y su perversidad, distinguibles aquí no en suficientes dosis.

Ya se trate de fuerzas nacidas desde nuestro interior (nuestra pulsión thanática que nos conmina a la autodestrucción), o de agentes tan externos como inaccesibles (el planeta Melancholia que con su choque destruirá a la Tierra), “Melancholia” aborda la inevitabilidad de la destrucción y cómo la aceptamos. Más allá de las interpretaciones sobresalientes de Kirsten Dunst y de Charlotee Gainsburg, y de la excelencia de la narración, lo que verdaderamente interesa es diferenciar dos formas de afrontar el cataclismo desde el punto de vista de un demiurgo tan depresivo y cínico como Lars Von Trier.

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Una respuesta a Melancholia (2011)

  1. Al Bell dijo:

    Has superado mis expectativas guapo, ha deshilachado cada fibra con lo que Lars construye a los dos personajes de Melancholia, y creo que has dado en el clavo. es increíble como ideologías, firmes creencias y obsesiones puede quedar resumidas a la nada ante una bola de tierra de color azul violáceo que nos aceche de tal manera, quizás difiera contigo en que en la segunda parte en su tono catastrófico me haya emocionado siempre adherido a la narración del filme. La belleza de alguna de las imágenes iban unidas a la transformación de los personajes, de su paso de del si al no, de la patología a la recuperación y viceversa, en el caso de cada hermana. Cuando las madejas de lana enganchan a Justine y las arrastran hacia el suelo con su peso tienen el mismo efecto que cuando ella misma se entrega al planeta desnuda en la orilla del río.
    Maravilloso los reveses y barreras narrativas en el guión p. ej el planeta que deja de agrandarse y vuelve aún más grande, la organización de la fiesta final de la tierra cuando Claire le propone que beban vino y Justine le responde: I think thats a bullshit plan. Muchas veces la vida es un bullshit plan y Lars lo explica muy bien. Muchas gracias Valis.

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