La docilidad de las sociedades democráticas

“Incapaz de amar o de odiar el sistema político imperante, inepta para afirmar o negar una fórmula de la que “deserta” sin acritud- o que acepta sin convicción-, la ciudadanía de las sociedades democráticas se hunde hoy en una apatía difícil de explicar. Marcel Gauchet busca esa explicación en un terreno equidistante entre lo social y lo psicológico. Consumido en inextinguibles conflictos interiores, corroído por innumerables dilemas íntimos, atravesado por flagrantes contradicciones, el hombre de las democracias- sugiere Gauchet- ya no puede cuestionar nada sin cuestionarse, no puede combatir nada sin combatirse, no puede negar sin negarse. “Lo que combato, yo también lo soy (lo seré, o lo he sido)”. De mil maneras diversas el hombre contemporáneo se ha involucrado en la reproducción del Sistema; y obstaculizar o torpedear esa reproducción equivale a obstaculizar o torpedear su propia subsistencia. Gauchet menciona el atascamiento, la inmovilización, que se sigue de esos “imposibles arbitrajes internos”, de esas perplejidades desorientadoras, de esos torturantes dilemas de cada sujeto consigo mismo. Entre estas contradicciones paralizantes encontramos, por ejemplo, la de aquellos críticos del Estado y del autoritarismo que se ganan la vida como funcionarios o insertos en un aparato o en una institución de estructura autoritaria; la de los enemigos del Mercado y del consumo que se aficionan a los “mercados alternativos” y a un consumo de élites, de privilegiados (artículos “bio”, o “eco”, o artesanales, o de comercio justo, o…); la de los padres de familia “antifamiliaristas”, la de los defensores de la libertad de las mujeres- enfermos de celos cuando sus mujeres quieren hacer uso de esa libertad ”con otros”-; la de los antirracistas que no terminan de “fiarse” de los gitanos, etc., etc.,etc. La lista es interminable, y ninguno de nosotros deja de aparecer entre los “afectados”…

 Sólo se puede luchar de verdad desde una cierta coherencia, desde una relativa “pureza”; si se consigue que nos instalemos en la inconsecuencia y en la culpabilidad, se nos habrá desarmado como luchadores, se nos habrá desacreditado ante los demás y ante nosotros mismos, se habrá dejado caer sobre nuestra praxis el anatema de la impostura, de la doblez, de la falsía. Por otro lado, “asumidas” dos o tres contradicciones, se pueden asumir todas; cerrados los ojos a dos o tres pequeñas miserias íntimas, se pueden cerrar a la miseria total que nos constituye. La docilidad del hombre contemporáneo se alimenta, sin duda, de este juego paralizador de las contradicciones personales, de este astillamiento del ser a golpes de complicidad y culpabilidad. El individuo que se sabe culpable, cómplice, apoyo y resorte de la iniquidad o de la opresión, dócil por no poder rebelarse contra anda sin rebelarse contra sí mismo, no encuentra para sus conflictos interiores otra “salida” que la pseudosolución del cinismo (percibir la incoherencia y seguir adelante) o la huida hacia ninguna parte de la negativa a pensar, del vitalismo ciego, amargo, del sensualismo desesperado…”

El enigma de la docilidad(extracto de “El enigma de la docilidad” (2005) de Pedro García Olivo)

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