Cosmópolis (2012)

La última película de David Cronenberg es una adaptación de la novela “Cosmópolis” (2003) de Don DeLillo, en la cual Eric, un joven multimillonario y asesor de inversiones de Manhattan, tiene el capricho de irse a cortar el pelo en el barrio de su infancia, en el otro extremo de dónde él acaba de salir del trabajo. Su desplazamiento hacia la peluquería coincide con la visita del presidente de EEUU a la ciudad, por lo que el tráfico se ve notablemente ralentizado, y Eric debe pasar todo el día en la limusina que le traslada. La novela, al igual que la película, narra algo menos de veinticuatro horas, y son pocas las escenas en las cuales el protagonista sale de la limusina. Durante el trayecto, nos preguntamos si estamos presenciando el estertor final de la promesa de progreso del capitalismo, o el anuncio de una deshumanización que ha venido a quedarse. Apenas acontece historia, salvo el encuentro episódico con una serie de personajes que funcionan más bien como cabezas parlantes destinadas a transmitirnos, sólo con sus diálogos y con vocación de urgentísima profundidad, algún tipo de mensaje sobre la realidad del neoliberalismo. Se ha adaptado fielmente la historia y el tono de la novela, que se queda a medio camino entre el realismo y el ensueño gracias a una distancia casi siniestra muy conseguida y que no busca la identificación con el protagonista o con la historia, sino que seamos absorbidos como por una instancia trascendental, la del capital, de la que, como si de Dios se tratase, todos sentimos y oímos hablar pero nunca vemos o palpamos. No es una película de ciencia-ficción pero nos sentimos como en una “realidad otra”, que no es más que la nuestra reflejada de un modo tan duro y directo que cuesta identificarla. Su neutralización del impacto emocional en pro de una disección casi entomóloga de los avatares del neoliberalismo seguramente provoque a más de un espectador el aburrimiento o el desprecio.

Más allá de si “Cosmópolis” (2012) es pretenciosa o ambiciosa, o si está cargada de una impostación irritante o de una ilustración reflexiva de los riesgos de nuestro presente, su visionado nos ayuda a reflexionar sobre la sociedad que la especulación capitalista está construyendo. Aquí unos apuntes sobre las reflexiones que me han surgido, efecto de ver la película.

-“Cosmópolis”se abre a la manera de un cuadro de Pollock, con una serie de gotas y trazos similares cuyo movimiento- impredecible y contradictorio- es tanto el de nuestro inconsciente como el del capital.

-El dinero es un componente de ficción que ha perdido su cualidad narrativa, como lo perdió la pintura en la primera mitad del siglo XX. La riqueza se basa no en poseer, sino en hacer que el capital- de riqueza, de territorio o de tecnología- incremente su espacio. La riqueza no puede desarrollar lo concreto; riqueza es riqueza, y punto. Expandir indiscriminadamente lo abstracto, ahí está el mandato del capital del siglo XXI. Nuestro “yo” es cada vez más virtual, puesto que basamos el orden de todas las cosas en aquello que no se puede tocar ni ver. Especuladores y nuevos ricos sirven a un super-yo, una instancia trascendental cuya única misión es generar más copias de sí misma en el espacio. El deseo del especulador sólo existe en tanto que es Deseo del Otro. Nos entregamos a lo que el Otro desea, y en esto hemos perdido nuestra moral. No nos mueve la codicia, sino la entrega y servidumbre hacia lo Otro, que no es humano.

 -La incesante actividad del dinero, que se desarrolla en la sombra de los mercados de divisas y transacciones internacionales, nos obliga a poseer conocimientos cada vez más especializados, lo que nos cercena el sentido de globalidad,  y nos hincha de un desapego en nuestras relaciones.  Es difícil que en todo ello podamos descubrir quiénes somos. Como el propio protagonista reconoce, en su limusina no hay espejos para mirarse, de ahí que para tener el encuentro con el peluquero sea él quien tenga que desplazarse. Su poder sólo le permite ver lo que está más allá del cristal (el del coche, el del ordenador, el de la televisión) pero es incapaz de obtener un reflejo de sí mismo, esto es, de reconocerse.

 –El espacio ha invadido las emociones. Lo erótico no es ya el contacto y complicidad con otro cuerpo al que deseo, sino poder utilizar un intermediario para degustar un entorno de diseño. El deseo sólo prende mecha cuando estoy en un entorno construido de manera industrial para ello. Lo importante no es tener sexo con otro cuerpo, sino tenerlo en ese hotel o en ese coche.

 -El capital destruye el pasado y crea el futuro. La jefa de teoría de Eric lo explica así, ante una manifestación que ataca la limusina en la que ambos se encuentran: “Has de comprender. Cuanto más visionaria es una idea, más gente deja detrás de sí. De eso van las protestas. Visiones de tecnología y riqueza. La fuerza del cibercapital que mandará al arroyo a la gente para morir. ¿Cuál es la falla de la razón humana?, ¿cuál? Fingir no ver el horror y la muerte al final de los planes que diseña. Esta protesta es contra el futuro. Quieren detener el futuro, normalizarlo, que no se trague el presente”. El avance indiscriminado del capital es el futuro, no se sitúa en este presente y por tanto no tiene ninguna obligación con los principios morales de nuestro tiempo actual. Sólo aquellos que han sido excluidos del progreso conciben ya el tiempo presente; los que han tenido éxito se sitúan ahora en el futuro.

 -Las protestas y manifestaciones han acabado por ser estériles porque pertenecen a un tiempo pasado donde sí había conexión entre la humanidad y se podía apelar a la solidaridad. El progreso nos ha traído una realidad donde ya no hay conexión con el otro, sino con lo Otro (sentido de pertenencia mediante el capital, y no mediante la identificación con el similar).  Desde su habitáculo, Eric es incapaz de imaginar que otra gente tenga intereses distintos a los suyos, que son los del capital. El movimiento anticapitalista sólo sirve como contenedor de ruido; aquellos contra quienes va dirigido perciben únicamente su furia, sin atender a sus motivos. No es casual que, tras el choque con la manifestación, el único efecto que perdure en la vida de Eric sea el de los cristales de su coche manchados con el spray de los manifestantes. La visión de la realidad se vuelve borrosa y más compleja, pero nada más. Los especuladores son incapaces de entender el significado de la indignación, cuya única motivación parece ser ensuciar aquello con lo que ellos se “abren” a la realidad (los ojos o los cristales del coche). Los anticapitalistas, a los que Eric identifica como anarquistas, tampoco saben adaptarse a los nuevos tiempos para ser comprendidos, y recurren una y otra vez a recursos fallidos que son de otro tiempo (la algarabía, la autoinmolación). Los protestas, apropiaciones de lo antaño, ya no pertenecen a estos tiempos que sólo dejan clamar por lo que parezca nuevo.

 –El capitalismo promueve la destrucción de todo, incluso de sus acólitos. La creatividad se entiende como la capacidad de generar destrucción de manera distinta a la de antaño, y el capital necesita hombres creativos. El capitalismo necesita la crisis para subsistir. La crisis es como un virus o una droga que acaba manteniendo la existencia del cuerpo que aloja. Para la jefa de teoría de Eric, “toda industria ha de ser desmantelada, nuevos mercados alentados y los viejos mercados re-explotados”. De un día para otro, todo puede cambiar salvo nuestra voluntad de sacrificio por el capital, que será transmitida como el virus que es, aunque nosotros ya hayamos sido desalojados del progreso, que no da de comer a quien permanezca atado a lo humano.

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