Stockholm

stock7Desde su primera secuencia- un chico se fija en una chica en una discoteca, y se apresura para ligar con ella- ya intuimos que en “Stockholm” (2013) vamos a asistir al tira y afloja de los devaneos de seducción: cómo el chico sortea un sinnúmero de obstáculos en su conquista; cómo la chica, inicialmente apática o con mil problemas para dejarse conocer, acaba entregada al romance. Nada distinto a lo que hemos visto muchas veces en el cine. Y en efecto, en su primer acto, la película desgrana un paseo nocturno por la ciudad de Madrid donde la chica y el chico, una vez que la discoteca cierra, dialogan sobre sí mismos y las relaciones interpersonales, en una serie de secuencias donde la (débil) tensión narrativa reside en los impedimentos de la chica para dejarse conquistar.

Empieza el segundo acto una vez que comprobamos que el chico ha dormido en su apartamento con la chica. “La urraca ladrona“ de Rossini ha servido como recurso sonoro para remarcar la transición. A partir de entonces la película abre paso a una reflexión sobre la ética en la seducción- los límites de su falta, y los riesgos de su inflexibilidad-, en beneficio de un replanteamiento de nuestra manera de relacionarnos con el deseo y con aquellos que lo encarnan.

STOCK2El montaje seco, la realización propia de un matemático, la ausencia de cualquier elemento que conlleve una distracción de las reacciones toscas de los personajes, el escenario- de una blancura tan sublime como la oscuridad de un abismo- y la recreación de una relación paulatinamente dominada por el abuso nos irá acercando al cine de Michael Haneke, lejano ya el eco de Richard Linkater (“Antes del amanecer”) que estaba presente en el primer tramo de la película.

El chico sabe que la noche se ha ido, junto con sus trampas, y que es hora de retornar abruptamente a los planes del día. La seducción acaba cuando el seductor, aburrido por el éxito, prefiere pasar a otro objetivo. La chica considera que una relación es una cuestión entre sus dos implicados, y que el juego del deseo, junto a sus promesas, no acaba si no hay consenso y respeto. Para ella la declaración de un sentimiento- acaba de tener sexo y de dormir con un chico que le invitó a su casa porque, decía él, acaba de enamorarse de ella– conlleva responsabilidad: la confianza y el vínculo no deben ser gratuitas. Es entonces cuando muchos de los recovecos y huecos de los diálogos expuestos con anterioridad cobran sentido, y vemos realmente a los personajes como son. El chico asume como normal y previsible la falta de coherencia de las relaciones de su generación, llenas de trucos para iniciarlas, mantenerlas o deshacerlas, y la chica no. La tensión y falta de entendimiento entre ambos va creciendo hasta límites que jamás se nos dejó sospechar previamente.

stock4Cada uno esconde detrás de su bonito envoltorio un secreto. Ninguno de los dos está mentalmente sano. El deseo es forzado al máximo en el caso del chico, mientras que la inflexibilidad de su ética, y la frustración porque el otro no la comparta, es lo que lleva a la chica a su inclinación por la autodestrucción. El chico está sometido al vaivén de su hedonismo y ella a la rigidez de la ética. Si al chico le va socialmente mejor es porque su dolencia parte de una  “sobreadaptación” a una sociedad enferma que precisa la promoción de una identidad inestable, que se vale de cualquier cosa, incluso del engaño, para disfrutar. Sin reglas, ensimismado con sus deseos, no sabe lo que quiere y es incapaz de aprovechar una oportunidad que se salga dentro de lo que él espera- él rechaza a la chica no porque haya dejado de gustarle, sino porque compartir un tiempo con ella después del sexo no se adapta a los planes que él tenía planeados-; su patología se demuestra en su manía por el orden- es un intento neurótico de ordenar su exterior, porque el bote de su interior echa aguas-. Por su parte, el personaje femenino, del que sabemos que toma tratamiento psiquiátrico, muestra problemas derivados de una férrea voluntad para no adaptarse a la dinámica de las relaciones esporádicas y de creer cual autómata en la estabilidad del deseo y de la palabra del otro. El golpe que se da en la cabeza con el espejo es autodestructivo, una manera de hacerse daño “por ser tan tonta de volver a confiar una vez más”, pero también un golpe contra la sociedad de consumo, que nos incita a buscar “aquí y ahora” toda la intensidad que se pueda de los encuentros nocturnos, para cortarla luego arbitrariamente en una búsqueda rápida de otra serie de experiencias o de cuerpos que nos lleven al mismo punto de partida, desechando a los compañeros de viaje como parte de la diversión.

 sotck13Se ha criticado a “Stockholm” el papel de la mujer, atribuyendo que asigna unos roles claramente diferenciados según el sexo y el género, lo que ha hecho que muchos críticos la tilden de una obra cargada de “feminismo trasnochado”. Esto es así si se entiende que la mujer le reclama al hombre la obligación de tener una relación estable por haber tenido sexo, o que el personaje femenino se vuelve dependiente y enfermo de amor tras entregarse al hombre. Lo que ocurre realmente es que la reacción agónica de la chica no surge porque no obtenga la relación romántica ansiada; el conflicto no reside en que el chico quiera sólo sexo sin amor, y que la chica necesite sexo con amor. La chica no sufre por falta de amor, sino por la desconexión con la realidad que surge cuando el otro pierde su credibilidad y rompe con crueldad el papel que gustaba de interpretar. No hay en la película ningún discurso sobre la dependencia y el amor; no hay denuncia del machismo, sí de la falta de compromiso- el compromiso puede inscribirse de muchas maneras, sin ser necesario apuntalar el romanticismo-.

En su tercer acto, en la azotea de la casa- mitad espacio público/espacio privado, híbrido entre las calles de Madrid y el apartamento-, la pareja intenta solucionar su conflicto, y el chico le propone verse otro día para conocerse mejor, lo que ella rechaza: no busca amor ni empezar un romance, sólo vivir en una sociedad donde el cortejo y el sexo lleven a la dignidad y a una interacción real.

El rechazo de la chica supone una acción ética comparable al “!No!” de Antígona. La decisión de la protagonista supone una protesta infantil contra la crueldad del cortejo y al mismo tiempo un acto ético cuya radicalidad es motorizada por su patología mental. Cuando el chico le dice al final que quiere conocerla mejor, la chica se da cuenta que la relación va a estar mantenida siempre por un nudo gordiano, siempre expuesta al infierno de depender del capricho del otro, de no saber el grado de fiabilidad del deseo transmitido por la palabra. La única manera de resolver el nudo gordiano es cortándolo, esto es, que jamás pueda haber comunicación alguna, con él y con los hombres.. Muerto el cuerpo, se acaba el deseo. Sin deseo, no hay interrogantes sobre los que estar en vilo (¿realmente me quiere?, ¿cuándo dejará de desearme?).  Ella jamás volverá a participar de las relaciones sentimentales y sexuales, de crueldad e inestabilidad inherentes. En nuestra sociedad, los gestos éticos radicales sólo pueden venir desde la locura.

stock3 “Stockholm” incide en las trampas y asimetrías de las relaciones esporádicas, henchidas por la falta de coherencia entre lo hablado y lo planificado, entre el día y la noche. Con todo esto, y con sólo el diálogo de dos personajes y apenas un puñado de escenarios, la película nos ofrece una reflexión compleja sobre los límites éticos de la seducción: ¿hasta dónde debe llevar el compromiso con una persona a la que conoces para tener sexo una noche? Para el director y guionista Rodrigo Sorogoyen  es cruel que no haya ningún tipo de compromiso en la interacción con nuestro deseo y el otro, al mismo tiempo que es insano- y radicalmente ético- no adaptarse a la fugacidad del deseo que lleva a la falta de vínculos hacia quien ha compartido una experiencia íntima con nosotros.

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