Lévi-Strauss. Racionalidad sin sujeto

El estructuralismo es un proyecto teórico de amplio alcance que trata de encontrar en las distintas representaciones y prácticas significativas una serie de reglas generales y principios universales, códigos de composición y construcción, así como una sintaxis significante, inconsciente que subyace a toda operación de comunicación. El punto de partida es la obra de Ferdinand de Saussure (1857-1913), que estableció una noción de la lengua como un sistema definido por sus oposiciones internas.

Saussure distinguió la langue (“lengua”), que sería el código común a todos los hablantes, orden abstracto que nunca se manifiesta separadamente y que subyace a todos nuestros actos de lenguaje, de la parole (“habla”), que es la manifestación concreta de la lengua. El sistema de la lengua es formal, a diferencia del habla, que es material. Si la lengua es un sistema formal, debe existir un principio de orden que articule el conjunto de palabras de una lengua. Todo principio de orden se resuelve mediante actos de diferenciación y de recombinación, mediante oposiciones que forman estructuras. El significado aparece como el resultado común del sistema de relaciones opositivas y del lugar que cada elemento ocupa en relación con otros elementos dentro del sistema estructural que en él está incluido. Así entonces, el signo lingüístico- que consiste en un significado (el concepto) y un significante (la imagen acústica), ligados inseparablemente- se define mediante las diferencias que mantiene con los restantes signos de la lengua dentro del sistema al que pertenece.

Como el valor del signo no viene dado en sí mismo sino por las relaciones que establece con los restantes, “la lengua no lleva consigo ni ideas ni sonidos que preexistan al sistema lingüístico, sino sólo diferencias conceptuales y diferencias fónicas surgidas de este sistema. Lo que hay de idea o de materia fónica en un signo tiene menos importancia que lo que existe alrededor de él en otros signos. La prueba está en que el valor de un término puede ser modificado sin que cambie ni el sentido ni el sonido, sino sólo por el hecho de que otro término vecino haya sufrido una modificación”.

Las relaciones que mantienen entre sí las unidades lingüísticas fonemáticas se derivan únicamente de la posición que cada uno de los elementos ocupaba en el sistema lingüístico. El sentido se genera topológicamente, espacialmente, diferencialmente, por el mero hecho de ocupar posiciones distintas en una  misma estructura, de poseer un rasgo distintivo y no otro: el fonema “p” es tal por ser “no-b”, “no-m”, etc. De esta forma, ningún elemento resulta independiente ni se puede estudiar de modo aislado, sino que su ser mismo está constituido a través de su diferenciación con los demás elementos del sistema.

El significado- el sentido o contenido conceptual de una declaración- aparece no sólo por una relación en proporción de uno a uno, entre el significante y el significado, entre la materialidad de la lengua- una palabra o un nombre- y su referente o concepto, sino también y fundamentalmente por una relación de significantes entre sí. Siendo la estructura subyacente de la enunciación un sistema relacional, una sintaxis combinatoria de unidades significantes dotadas del mínimo sentido propio que cobran significación completa por un proceso de combinación y recombinación, se llega a la tesis de que la comunicación, la significación concreta del habla, queda cautiva de la lengua, es decir, del código mismo como situación generativa abstracta.

Los estudios estructuralistas entienden los procesos sociales como procesos de producción y circulación de signos, dentro de un sistema que los determina. Saussure propone la organización de una nueva disciplina científica, la Semiología, cuyo objetivo es el estudio de la función de los diferentes signos en el seno de la vida social (escritura, alfabeto de sordomudos, ritos simbólicos…). Todo es signo en un sistema de signos, y todo se presta a la decodificación. Cualquier hecho social es un texto sobre el que se hace susceptible la aplicación de una amplia panoplia de herramientas metodológicas para encontrar las estructuras subyacentes al mensaje.

La visión en sociología trasciende el campo restringido de los lenguajes hablados o escritos propiamente dichos-y de sus disciplinas anejas: la lingüística y la semiología- para entrar en el campo de las representaciones simbólicas como sistemas culturales concretos y completos capaces de articular o inducir no tan sólo respuestas psicológicas más o menos estables, sino, sobre todo, la reorganización constante, permanente e inestable de la consciencia colectiva como universo simbólico del grupo social de referencia. Entramos en el terreno del análisis antropológico del mito y la cultura: lo simbólico es el orden del lenguaje y, más radicalmente, el orden mismo. Ésta es la visión que abre la antropología estructural de Claude Lèvi-Straus (1908-2009).

Lévi-Strauss considera la lingüística como la ciencia social más avanzada y con cuyo método es preciso aplicar al resto de las ciencias sociales. El lenguaje puede ser considerado como el fundamento destinado a recibir las estructuras que corresponde a la cultura en sus distintos aspectos, estructuras a veces más complejas, pero que parten de la misma base que el lenguaje (Lévi-Straus, 1958). Hay una analogía estructural entre los diferentes órdenes de hechos sociales y el lenguaje (el hecho social por excelencia).

La tesis principal de Lévi-Strauss: “Sí, como creemos nosotros, la actividad inconsciente del espíritu consiste en imponer formas a un contenido, y si estas formas son fundamentalmente las mismas para todos los espíritus, antiguos y modernos, primitivos y civilizados- como lo muestra de manera tan brillante el estudio de la función simbólica, tal como ésta se expresa en el lenguaje-, es necesario y suficiente alcanzar la estructura inconsciente que subyace en cada institución o cada costumbre para obtener un principio de interpretación válida para otras instituciones y otras costumbres, a condición, naturalmente, de llevar lo bastante adelante el análisis “(Levi-Strauss, “Antropología estructural”, 1958).

Lévi-Strauss aplicó el método de la lingüística fonológica a la antropología, y más concretamente a los llamados sistemas de parentesco. En el estudio de los problemas de parentesco (y, sin duda, también en el estudio de otras cuestiones), el sociólogo se encuentra en una situación formalmente semejante a la del lingüista fonólogo. Como los fonemas, los términos de parentesco son elementos de significación; como ellos, adquieren esta significación sólo en base a estar integrados en un sistema inmutable y a diferenciarse entre sí.

Según Lévi-Strauss tanto los “sistemas de parentesco” como los “sistemas fonológicos” son elaborados más allá del plano de la conciencia humana. El hecho de que las formas de parentesco (reglas de matrimonio, prescripciones entre parientes, la invariante estructural de la mujer como objeto transacional de los pactos entre los varones) se presenten en sociedades profundamente diferentes y ubicadas en regiones del mundo alejadas unas de otras, nos permite creer que los fenómenos observables de la experiencia humana resultan del juego de leyes generales y no del todo conscientes.

Las estructuras que forman cada sistema se pueden estudiar como diferentes modalidades semiológicas creadas a través de un inconsciente estructural combinatorio. Las relaciones entre las distintas unidades, además, están sometidas a leyes que, aparte de ser inconscientes, son además universales, intemporales, constantes en el espacio y en el tiempo, no captables a simple vista, pero que pueden ser descubiertas y enunciadas lógica y científicamente.

El sistema de parentesco, en tanto en cuanto es producto de un inconsciente estructural, nos proporciona un ejemplo de que la oposición cultura-naturaleza no existe. Nuestra categoría de “naturaleza”, en palabras de Lévi-Strauss no puede ser “ni un dato primitivo ni un aspecto objetivo del orden mundo. En ella debería verse una creación artificial de la cultura, una obra defensiva que ésta hubiera cavado alrededor de su contorno porque no se sentía capaz de afirmar su existencia y su originalidad si no era a cambio de cortar los puentes que podrían atestiguar su connivencia original con las demás manifestaciones de su vida”.

Para poder llegar a captar qué es en el fondo la cultura, es preciso remontarse hasta su fuente original, y ahondar en los lazos con otras familias animales e incluso vegetales. En “Las estructuras elementales del parentesco” (1949): “La articulación de la naturaleza y la cultura (…) sería más bien una reasunción sintética permitida por la aparición de ciertas estructuras cerebrales que provienen de la naturaleza, de mecanismos ya montados, pero que la vida animal no muestra sino bajo una forma inconexa y según un orden disperso.”

Detrás de cada sistema mítico lo único que existe es otro sistema mítico. Cada estado anterior a una estructura es también una estructura. “Son ya estructuras las que, por transformación, engendran otras estructuras, y el hecho de la estructura es anterior a cualquier otro”. El mito se explica desde la perspectiva del propio mito, sin atribuirle causas extrínsecas (el sujeto que habla y que piensa).

La finalidad con la que Strauss escribe “Las estructuras elementales del parentesco”, así como “Antropología Estructural”, sería reducir unos datos aparentemente arbitrarios a un orden que ha estado siempre ahí, llegar a un nivel en el cual se ponga de manifiesto la importancia estructural de unos sistemas ya organizados que están detrás de nuestra ilusión de libertad. En los procesos sociales, el estudio de la “diversidad incoherente” y de la “contingencia aparentemente superficial” revela que hay de manifiesto un orden estructural en el cual ni siquiera cabe la posibilidad de que interfieran exigencias de tipo externo como la intencionalidad humana. La apariencia arbitraria de los procesos y creaciones sociales esconde leyes que operan en un nivel profundo, en donde los objetos exteriores al mismo no tienen influencia alguna. Se anuncia un nuevo modelo epistemológico: la racionalidad sin sujeto. “La conclusión se impone ineludiblemente: el espíritu, puesto ante sí mismo y sin obligación de enfrentarse con los objetos, se halla de algún modo reducido a imitarse a sí mismo como objeto” (1964).

El sujeto no es constituyente del significado del discurso sino, por el contrario, constituido en y por el propio discurso. “La lengua- dirá Lévi-Strauss- tiene sus razones que la razón no comprende”. La lengua funciona de acuerdo con leyes estructurales que no son conscientes para sus usuarios. El sujeto, así, queda reducido a una posición en el discurso. Los mitos vienen a narrarse a sí mismos de acuerdo con ciertas leyes canónicas de transformación a partir de unas matrices, y lo que los narradores pongan de su cosecha es prácticamente irrelevante a nivel estructural. Así, lo que al antropólogo debe interesarle es el asilamiento de los “niveles cristalinos” de estas formaciones simbólicas.

La tarea del antropólogo: imponer formas a un contenido, llegar a la estructura inconsciente subyacente a cada institución o a cada costumbre para obtener un principio de interpretación válido para los detalles de la organización de nuestro sistema social. El recurso será la observación empírica de los innumerables sistemas concretos de representaciones.

 “No pretendo mostrar de qué forma los hombres piensan en los mitos, sino cómo los mitos se piensan en los hombres a pesar de ellos” (1964). Los mitos permiten descubrir ciertas formas de operar que tiene el espíritu humano. Los mitos, tan constantes a través de los siglos y tan generalmente extendidos a través de inmensos espacios, que se les puede considerar fundamentales y localizarlos además en otras sociedades y en otros dominios de la vida en los que no podía siquiera sospecharse que interviniesen.

El estructuralismo de Lévi-Strauss se ocupa del análisis de una racionalidad preexistente, antaño subjetivada por el hombre. Pero es hora de reintegrar al hombre en la naturaleza, de hacer abstracción del sujeto, de afirmar sin miedo que los mitos se construyen y mantienen sin necesidad de la conciencia humana. No se trata de negar al sujeto (“decir que la conciencia humana no es todo, ni siquiera lo más importante, no incita a renunciar a su ejercicio”), sino de investigar la dependencia del sujeto respecto a un sistema que no depende de la conciencia del hombre.

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