Discursos del armario

Un ejemplo de cómo funciona el poder se encuentra en el discurso de la homofobia, que no puede ser refutado por medio de argumentos racionales puesto que no es reductible a un conjunto de proposiciones con un contenido de verdad determinable que pueda ser analizado racionalmente. Los discursos homofóbicos no tienen un contenido de proposiciones estable; están compuestos de un número potencialmente infinito de afirmaciones diferentes pero intercambiables, de tal forma que, cuando una afirmación es refutada o descalificada, otra puede sustituirla, incluso con un contenido opuesto a la primera, para en cualquier caso incidir de la misma manera en su objetivo (“gays no”). Los discursos homofóbicos son incoherentes, pero esta característica, lejos de incapacitarlos, los hace más poderosos. De hecho, operan estratégicamente por medio de contradicciones lógicas, las cuales, a la hora de proceder a un debate riguroso sobre las mismas, producen una serie de callejones sin salida cuya función es- de manera incoherente pero efectiva y sistemática- perjudicar la vida de lesbianas y gays.

Para David Halperin (1952- ), investigador de Michel Foucault (1926-1984), nada comunica de un modo más elocuente la idea de que el poder está en todas partes que la experiencia del closet (armario). Se dice que alguien está en el armario cuando se esfuerza para que su orientación homosexual no sea detectada públicamente. El closet es el lugar de una contradicción imposible, porque cuando sales es al mismo tiempo demasiado pronto (“¿por qué tienes que decirnos esto como si nos importara?”) y demasiado tarde (“si hubieras sido honesto, habrías salido antes”).

Lo que Eve Kosofsky Sedgwick (1950-2009) ha llamado “la epistemología del armario” es la mejor ilustración del fenómeno del closet como producto de complejas relaciones de poder. La única razón para estar en el armario es protegerse de las formas diversas y virulentas de descalificación social que uno sufriría si se conociera públicamente su orientación sexual. Quedarse en el armario, ocultar la homosexualidad, implica someterse al imperativo social impuesto a los gays. Aunque brinde a sus ocupantes una serie de posibilidades, no es posible pensar en el closet como una experiencia de libertad. Entre otras cosas porque a quién beneficia el closet es al régimen heteronormativo que no quiere que los gays sean visibles (si no hay visibilidad, los gays no podrán hacer reconocer sus derechos, y la homosexualidad seguirá contemplándose como algo depravado y oscuro). Y además nunca se puede estar seguro de haber logrado mantener tu homosexualidad en secreto; el peligro de que los otros te descubran es constante. Después de todo, no puedes saber si las personas te tratan como a cualquier otro porque los has engañado efectivamente y no sospechan que eres gay, o porque te siguen el juego y gozan del privilegio epistemológico de saber que no sabes lo que ellos saben, y se niegan entonces a renunciar a tal privilegio e insisten en que tu sexualidad sea un secreto al que tienen ellos un acceso especial, un secreto que se descubre ante su mirada lúcida y superior, con el privilegio además de saber más que aquel del que se reconoce que lo que teme más que nada en el mundo es que puedan saberlo. El homosexual se halla, en cualquier caso, ante la experiencia de salir o no del armario, en una situación de inferioridad.

 A la inversa, cuando la persona homosexual insiste en afirmar su orientación sexual, el heterosexual, que no necesita hacerlo, goza de un privilegio más, porque puede fingir que no le interesa, que no comprende por qué es necesario decirlo, etc. “Es tu sexualidad, es algo privado”. Es lo que Kosofsky Sedwick llama “the privilege of unkwnowing”, es decir, la facultad no ya de ignorar sino de hacer como si no tuviera que saber nada. Ésta es una estrategia de lo heternormativo porque cuando el homosexual dice que lo es, el heterosexual está motivado entonces a pensarse él mismo como heterosexual, mientras que hasta entonces no tenía que plantearse cuestión alguna sobre su identidad ni sobre el orden social que la ha instituido. Por eso el heterosexual puede indignarse cuando el homosexual hace un ejercicio de visibilidad de su orientación sexual, y considerar que los gays están siempre “luciéndose”, provocándose, excediéndose; el homosexual mejor que sea objeto del discurso, porque se vuelve inaguantable cuando pretende convertirse en sujeto. Porque sufre la amenaza de perder su privilegio, aunque sea parcialmente y durante sólo un momento, el heterosexual convencido del régimen heteronormativo que lo ha constituido, reclama a los gays que reasuman la discreción, o sea, que vuelvan a la invisibilidad y al secreto para recobrar ellos una normalidad que ha descansado siempre gracias al silencio de los demás.

 Salir del armario es, además, exponerse a un conjunto diferente de constreñimientos, convertirse en una pantalla sobre la que el pensamiento heteronormativo proyecta todas las fantasías que tiene sobre las lesbianas y los gays, y padecer además el hecho de que cada gesto, frase, expresión u opinión sean marcados de modo irrevocable por las atribuciones acerca de los gays y lesbianas.

 Es una paradoja insuperable: el homosexual que decide visibilizar su orientación sexual se expone al comentario condescendiente y a veces al desaire, y el que prefiere callarse se coloca en una situación falsa y dependiente. Al primero se le lee la cartilla. Del segundo se burlan. La asimetría permanece intacta: el heterosexual tiene siempre un privilegio con respecto al homosexual. Es el heterosexual quien decide la actitud que se adopta y el sentido que dará a los gestos y a las palabras del homosexual; es él quien tiene siempre un punto de vista sobre lo que deberían hacer o no hacer los homosexuales, ser o no ser, decir o no decir; está en una posición de dominación “epistemológica”, porque tiene entre las manos las condiciones de producción, de circulación y de interpretación de lo que puede decirse de esta marica o bollera en concreto y de los homosexuales en general.

 Hay que recalcar además que “salir del armario” no es un acto que pueda hacerse de una vez sólo y en un momento dado. El homosexual que quiera ser visible como tal deberá salir constantemente del armario. Didier Eribon (1953- ) habla del coming out como una conversión perpetua, prorrogada continuamente: “El coming out, en el fondo, es el proyecto de toda una vida: porque siempre se plantea la cuestión de saber dónde, cuándo y ante quién es posible no ocultar lo que se es. La necesidad de elegir reaparece en cada nueva situación de la existencia: para un docente que se encuentra ante una nueva clase, para toda lesbiana ante un nuevo médico, un nuevo entorno profesional, ante un taxista que acaba de proferir comentarios homófonos. (…). Sin duda no hay ninguna lesbiana o ningún gay, por abiertos que sean, que un día u otro no hayan transigido con la cuestión del “armario”; por eso la “salida del armario” no es un gesto único y unívoco: es a la vez un punto de partida y una especie de “ideal regulador” que orienta las conductas pero que nunca puede alcanzarse. La estructura del armario es de tal naturaleza que nunca se está simplemente dentro o fuera, sino siempre dentro y fuera al mismo tiempo, más o menos fuera o más o menos dentro, según los casos y las evoluciones personales. No se está nunca del todo dentro porque, el “armario” siempre puede convertirse en un “secreto público”, y siempre hay al menos una persona que sabe y de la que se sabe o se sospecha que sabe. No se está nunca completamente fuera porque siempre surge, en un momento u otro, la obligación de silenciar lo que se es. Por consiguiente, la decisión de no seguir ocultándose y de asumirlo no es, en realidad, sino el comienzo de un proceso interminable, hablando con propiedad, en el sentido en que Freud hablaba de psicoanálisis interminable”.

 

Conviene señalar que no nos desembarazamos del poder y de la homofobia una vez que hemos salido del armario. Si al salir del armario uno se libera de un estado de opresión, no es porque este acto nos haga escapar de las redes del poder para habitar un lugar fuera del poder. Pero el hecho de que el homosexual afirme públicamente su orientación sexual permite poner en juego un conjunto distinto de relaciones de poder y altera la dinámica de las luchas sociales y políticas. Es por esto por lo que la visibilización de las personas homosexuales debería de estar delineada como principal condición de resistencia en pro de la reversibilidad de los juegos de poder.

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3 respuestas a Discursos del armario

  1. Cadett dijo:

    Indudable acierto sobre cómo los manejos de la contradicción son siempre una mecánica infalible para plantear discursos normativos sobre la sexualidad e identidad de género.
    La puntualización sobre como el salir del armario es un proceso no-terminado y explica fielmente la problemática que supone un hecho que a veces en las vidas de las personas tiene una connotación épica por la envergadura del acto en sí. Ese vaivén de entro y salgo no supone más que un reflejo de la sociedad heterocentrista en la que vivmos, que tiene una estructura muy férrea como bien has indicado.

    Me planteo una cuestión que refiero al concepto de minoría como tal que no se deja engullir por la gran mayoría. La tendencia en la historia es que una absorva a la otra. La grande a la menor y así se ponen en prácticas proyectos de homogeneización. Esto plantea una lucha costante, a la defensiva del colectivo gay como tal minoría en nuestra sociedad actual muy enraizada todavía en la tradición. El nuevo desarrollo emergente de una vida urbana en grandes ciudad millonarias quizás plantee este concepto desde otra óptica complemente diferente y nos haga replantearnos ese concepto de minoría a otro nivel de definición de lo individual-colectivo.

  2. Pedro Zerolo dijo:

    Muy buen artículo. Enhorabuena!

  3. milopezz dijo:

    Enhorabuena por el artículo!

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