Didier Eribon: reapropiación de la injuria

Abyección- Vergüenza- Orgullo- Ascesis- Subjetivación

En el mundo al que llegamos como sujetos encontramos un conjunto que nos precede de gestos, roles sociales, creencias, oficios, hábitos mentales… Y en la materialidad en la que nos hallamos nos definimos mediante el lenguaje, portador de representaciones, de jerarquías sociales y raciales, de “caracteres” y de “identidades” fabricadas a lo largo de la historia de la humanidad. El orden social precisa el vínculo del lenguaje, uno de cuyos síntomas más agudos es la injuria, que señala, da a conocer y recuerda la jerarquía entre identidades. La injuria es uno de los elementos que (re)construyen una identidad.

Didier Eribon (1953- ) en “Una moral de lo minoritario” (2001) analiza la fuerza transformadora del llamado movimiento gay para hacer frente a la fuerza de la injuria y de la estigmatización. Los homosexuales viven un mundo de injurias. El lenguaje les rodea, les cerca, les designa; el mundo les insulta, habla de ellos, de lo que dicen de ellos. Ante esto, se debe tomar conciencia de la importancia de la resignificación.

 Eribon retoma de Louis Althusser (y de Judith Butler) la idea de que la ideología ya ha interpelado a los individuos como sujetos antes de que la identidad de éstos haya sido formada. Las personas, antes de nacer, son “siempre-ya” sujetos constituidos por la ideología que moldea el mundo al que llegan. El lenguaje les ha precedido, y con ello el mundo de injurias. La injuria tiene la capacidad de moldear la subjetividad del sujeto injuriado y, al mismo tiempo, de producir personas adaptadas a las reglas y a las jerarquías socialmente instituidas (si no quiero recibir el azote de la injuria, tendré que adaptarme al discurso hegemónico que protege).

 Para Eribon la injuria es una de las formas más notables de lo que Althusser denomina la “interpelación”. La injuria se ha apoderado de los estigmatizados antes incluso de que puedan saber lo que son. Antes de que me llamen “maricón” ya sé que soy un “maricón” y que corro el peligro de la injuria. Aún cuando no se haya vivido una experiencia concreta de estigmatización a través de la agresión, se tendrá al menos una clara conciencia de que una agresión verbal es siempre posible. Los efectos de la injuria están ahí desde el momento en el que nos sabemos reconocidos en ese mundo que nos ha precedido.

 Eribon: “La injuria no es solamente una palabra que describe. No se conforma con anunciarme lo que soy. Si alguien me tacha de “sucio marica” (“o sucio negro”) no trata de comunicarme una información sobre mí mismo. El que lanza el ultraje me hace saber que tiene poder sobre mí, que estoy a su merced. Y ese poder es, en principio, el de herirme. El de estampar en mi conciencia esa herida e inscribir la vergüenza en lo más profundo de mi espíritu. Esta conciencia herida y avergonzada de sí misma se convierte en un elemento constitutivo de mi personalidad (…). La injuria es un acto del lenguaje- o una serie repetida de actos- por el cual se asigna a su destinatario un lugar determinado sobre el mundo. La injuria produce efectos profundos en la conciencia de un individuo porque le dice: “Te asimilo a”, “te reduzco a”. La injuria es un enunciado preformativo: su función es producir efectos y, en especial, instituir o perpetuar la separación de los “normales” y aquellos a los que Goffman llama los “estigmatizados” e inculcar esta grieta en la cabeza de los individuos. La injuria me dice lo que soy en la misma medida en que me hace ser lo que soy. (…) Que te llamen esto o lo otro es estar condicionado a ser esto o lo otro, y a no ser nada más que eso”.

 “El insulto es un veredicto. Es una sentencia casi definitiva, una condena a cadena perpetua, y con la que habrá que vivir. Llamar a alguien “loca” o “marica” es enunciar la verdad de lo que es. Un gay aprende su diferencia merced al choque de la injuria y sus efectos, el principal de los cuales es sin duda el percatarse de que es una persona de la que se puede decir esto o aquello, alguien que es objeto de miradas y divagaciones, y al que esas miradas y divagaciones estigmatizan. La nominación produce una toma de conciencia de uno mismo como “otro” que los demás transforman en objeto”.

 “La injuria es a la vez personal y colectiva. Se dirige a un individuo particular asociándolo a un grupo, una especie, una raza, al tiempo que trata de alcanzar a toda una clase de individuos tomando como objetivo una de las personas que la integran. La injuria opera por generalización y no por particularización. Globaliza más que singulariza. Se trata de atribuir a una categoría rasgos que se constituyen como infamantes y que se consideran aplicables a todos los individuos que componen esa categoría. Así la injuria puede alcanzar también al que no es su destinatario directo: él es el destinatario también. (…) El individuo “interiorizado” ve cómo le es denegado así el estatuto de persona autónoma por la representación dominante, puesto que siempre se le percibe o se le designa como una muestra de una especie (y de una especie condenable, ridículo o monstruosa)”.

 “Locas, mariconas, maricas, designan realidades “objetivas” en el mundo social y sexual, y las palabras de la estigmatización instauran y reinstauran sin cesar “la realidad” de lo que designan, cuando parecen simplemente enunciarla o desvelarla. La injuria inscribe en el ser que la recibe toda la “realidad” que designan, para hacer de él un ejemplar, un espécimen de una especie particular, y le atribuye rasgos psicológicos, prácticas, sentimientos, e incluso características físicas, que quizá no sena las suyas propias, pero que encajan en la definición social y fantasmal de esa categoría de personas a la que pertenece. El individuo definido como “marica” no sólo no será más que un marica, sino que lo será totalmente,  también será lo que son todos los maricas”.

 “El sujeto homosexual tiene siempre una historia singular, pero esta historia misma posee siempre una relación con un “colectivo” compuesto por otros “sujetos” que están siendo sojuzgados por el mismo proceso de “interiorización”. El homosexual no es nunca un individuo aislado. El “colectivo” existe independientemente de la conciencia que pueden tener de él los individuos, y con independencia de su voluntad”.

 La humillación puede desvalorizar a quien ha sido la víctima, pero también, en palabras de Eribon “pueden abrírsele las puertas sagradas de la pertenencia al mundo de los “réprobos”, robusteciendo la solidaridad con el colectivo al que le han confinado.  La identificación-solidaridad hacia los efectos de la injuria es lo que hace posible la afirmación de la propia singularidad contra la identidad moldeada desde el exterior. Dada la fuerza de los esquemas caricaturescos e insultantes, el sólo hecho de que lesbianas y gays creen otras imágenes, de que sea visible este conjunto de fenómenos que denominamos la “cultura gay”, implica un motor para generar una corriente de libertad.

 Para Eribon la pertenencia aceptada y asumida a un colectivo injuriado, aparejada con la resignificación de los valores de la “identidad gay”, puede ayudar al injuriado a constituirse  como “sujeto” de su propia historia.  Puesto que la identidad homosexual es producto de los procesos de “sojuzgamiento”, la persona de orientación homosexual pertenece necesariamente, incluso a pesar de él, a ese “colectivo”; y pertenecerá tanto más en cuanto que frecuente espacios de encuentro claves del colectivo homosexual. Es en esta frecuencia y unión con otros individuos que han sido recreados por el mismo dispositivo regulador donde reside la base de la liberación. Hay que buscar “en otra parte” gente a la que expresar el deseo y con la que compartir el placer, buscarla en medio de una subcultura particular, donde se sabe que serán todos diferentes de los demás.

 Hay que recordar a todos aquellos que denuncian la “guetización” de los gays y lesbianas en las grandes ciudades, que ese “guetto” visible es ante todo una manera de escapar al “gueto” invisible, al “mental”, es decir, al encubrimiento de una buena parte de su personalidad y existencia a la que se ven forzados numerosos ciudadanos que viven su homosexualidad tras la pantalla del disimulo y del secreto.

Para muchos hombres homosexuales que aún no han compartido experiencias con otros homosexuales, más allá de encuentros esporádicos sexuales (cruising, sex-clubs, baños), por temor precisamente a la visibilización de su orientación sexual y a que sean injuriados, tener amistades o un núcleo relacional se contempla como la más óptima de las estrategias. Por eso, el ser visible y compartir todo tipo de experiencias con otros miembros del grupo estigmatizado, más allá del imaginario del grupo hegemónico, es importante, en tanto en cuanto se está rompiendo con uno de los efectos de la injuria: la conciencia de soledad.

 El escenario de lo social exige que se lleve la máscara de la heterosexualidad, en beneficio de la identidad ”normal”. La calle ofrece todos los días, a cualquier hora y en todas partes, la imagen de la heterosexualidad, y ésta excluye lo que se aparta de ella. Los jóvenes gays, las jóvenes lesbianas- y asimismo las y los menos jóvenes- no tienen, durante muchos años de su vida, ninguna otra imagen de relaciones afectivos entre dos personas que la que les transmite la continua representación pública de la heterosexualidad. Como la esfera pública es el lugar donde los homosexuales no pueden manifestar su afecto so pena de que les insulten o les agredan, surgen barrios denominados “guetos” para que transexuales, lesbianas y gays se sientan autorizados a cogerse de la mano, besarse, o compartir su ocio. En estos guetos los homosexuales se saben bastante numerosos para sentirse seguros, lo cual basta para justificar la existencia de esos barrios. La visibilidad es el medio de escapar de ese terrible gueto interior del alma sojuzgada por la vergüenza de sí misma, señala Eribon. “El homosexual debe hacerse homosexual para eludir la violencia que ejerce sobre él la sociedad que le hace ser homosexual”.

 A los que reprochan a los gays y a las lesbianas que se constituyan hoy en “grupo”, en “minoría movilizada y visible”, ciertamente se les puede responder que es el orden social y jurídico el que ya ha otorgado principio y forma al colectivo de homosexuales. Lo que se les pide con insistencia es que se despojen de su potencialidad como colectivo para que vivan como si fuesen ciudadanos independientes, obviando que las personas de orientación homosexual se vieron en la obligación de asumirse como dependientes de un colectivo, precisamente por el mismo orden heteronormativo del que les viene luego la consigna de que la manifestación de su orientación sexual debería ser privada o que no es importante. Hay que añadir además que la posibilidad misma de autonomía les ha sido denegada por la imposibilidad estructural de identificarse con imágenes positivas de su propia sexualidad, y por tanto de su propia personalidad. Y que su fortalecimiento como colectivo es el mejor recurso contra la homofobia.

 El sujeto homosexual, el de la llamada “cultura gay”, asume la injuria, se apropia de lo que se ha hecho de él y transforma, de manera imprevisible e incontrolable, las significaciones y los efectos sociales y culturales. El individuo avergonzante, el abyecto, decide afirmar lo que es frente al mundo, y de esta manera indica a los demás que no va a aceptar  la injuria y la estigmatización sin reaccionar, sin transfigurar la vergüenza en orgullo. Eribon apela al “milagro de los parias que se transforman, aunque sea a partir de lo que se ha pensado sobre ellos”. El reto es jugar o reinventar la injuria- ese escupitinajo que llega al alma- para reapropiarlo con fines propios, y transformar la situación de sometimiento en una reinvención subjetivada de uno mismo. La labor del colectivo gay: pasar de la “loca” al “caimán”, re-inventar las palabras de odio y desprecio para salir de la vergüenza y llegar al orgullo.

 Eribon interpreta las frecuentes formas de apelar al tema del martirio de San Sebastián como ejemplo de la reivindicación de un cuerpo que, habiendo sido sometido y castigado por el orden social, permite una nueva subjetivación. La erotización del cuerpo martirizado del santo consigue apropiarse del suplicio tras el recurso de un erotismo propiamente homosexual; es la transformación de una situación de sometimiento a un proceso de subjetivación elegido, es decir: la constitución de uno mismo como sujeto responsable de sus propias elecciones, por medio de la erotización y de la sexualizacion del cuerpo estigmatizado. Cuando yo siento placer, tu opresión se difumina.

Eribon analiza los personajes de Jean Genet (1910- 1986), los cuales aprovechan la vergüenza como una energía que transforma al sujeto e invierte el propósito del dominante.

 Jean Genet: “Es preciso que vuestro orgullo sepa pasar por la vergüenza para alcanzar su gloria”. “Como la roca el río, el orgullo traspasa y divide al desprecio, lo despanzurra. Adentrándose más en la abyección, el orgullo será más fuerte cuando posea la ciencia- fuerza o flaqueza- de aprovecharme de un destino tal”.

 Dos escenas de “Diario de un Ladrón” (1949) nos muestran la puesta en práctica de esta ciencia del orgullo que Genet se esfuerza por predicar. Al principio de la obra el narrador es detenido en el transcurso de una redada; al cachearle descubren que lleva encima un tubo de vaselina, destinado a facilitar la penetración anal. Llueven entonces los insultos y humillaciones. Pero este objeto “miserable”, cuyo uso le parecía de lo más vil a las fuerzas del orden, y que suscita toda la noche la ironía de los policías, se nos revela gracias a la prosa de Genet como “tremendamente valioso”. El tubo se convierte para el narrador en un objeto de culto, y la escena humillante se transforma en el equivalente de una Adoración Perpetua. El narrador consigue que ese objeto sea el símbolo de la transformación de la vergüenza en orgullo: “Estaba seguro de que aquel objeto canijo, tan humilde, los desafiaría; sólo con su presencia sabría sacar de quicio a toda la policía del mundo, atraería hacia sí los desprecios, los odios, las iras virulentas y mudas, algo socarrón quizá- como un héroe de tragedia al que le divierte atizar la cólera de los dioses-, como él indestructible, fiel a mi dicha y orgulloso. Querría encontrar las palabras más nuevas de la lengua francesa para cantarlo”.

 Una operación similar se produce en “El Milagro de la Rosa” (1946). El narrador de la novela evoca uno de los más dolorosos recuerdos de la infancia de Bulkaen, pero no sólo para contarlo, sino también para asumirlo en carne propia. En su narración será él mismo el que será humillado, reconstruyendo la escena desde su mismo “yo”, suplantando al propio Bulkaen. Cuando un grupo de jóvenes detenidos en el presidio se entrega al juego cruel de obligarle a mantener la boca abierta mientras los otros, situados a quince  metros, intentan lanzarle escupitajos dentro de la boca, Genet esgrime: “Yo iba recibiendo los escupitajos en la boca distendida que el cansancio no llegaba a cerrar de nuevo. Hubiera bastado una pequeñez, sin embargo, para que ese juego atroz se transformase en un juego galante y, en lugar de quedar cubierto de escupitajos, hubiera quedado cubierto de rosas arrojadas. Pues, como los gestos eran los mismos, al destino no le hubiese costado mucho cambiarlo todo: se organiza el juego… unos críos hacen el gesto de lanzar…no costaría más que fuera felicidad. Estábamos en el centro del parque más florido de Francia. Esperé rosas.” Al final de la escena, embriagado por la carga poética de la idea del odio metamorfoseado en amor, y de escupitajos transmutados en flores, el cuerpo del narrador se transforma en un objeto erótico que ya sólo espera el placer que van a darle: “No era ya la mujer adúltera a la que se lapida, era un objeto que sirve para un rito amoroso. Deseaba que escupieses más y viscosidades más espesas”. La escena termina cuando uno de los que escupen se da cuenta que tiene una erección, y lo estrella contra la pared de un violento cabezazo. En este caso concreto, la humillación, lejos de desvalorizarle, abre a Genet nuevas posibilidades alejadas del discurso heteronormativo y por consiguiente homófobo.

En suma, que los sujetos destinatarios del estigma, lejos de esconderse, se reinventen como colectivo y, con ello, se reapropien de la injuria, a modo de una ascesis de la que cabría esperar toda una cultura del orgullo, es el recurso que permite desplegar nuevas subjetividades y ampliar prácticas de libertad.

Os adjunto este vídeo, una realización audiovisual del poema: “Me gritaron Negra”, de la poetiza peruana Victoria Santa Cruz Gamarra. Reutilizar el estigma como potencia de cambio.

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