Sade

Nunca, repito, nunca pintaré el crimen bajo otros colores que los del infierno; quiero que se lo vea al desnudo, que se le tema, que se le deteste, y no conozco otra forma de lograrlo que mostrarlo con todo el horror que lo caracteriza.

     Sade, “Los crímenes del amor” (1979)

Sade, este aristócrata caído, libertino recidivante que, del Antiguo Régimen al Imperio, pasó veintisiete años de su vida en prisión, no dejó de mostrar a lo largo de sus novelas el deseo emancipado, que nos inclina irresistiblemente hacia lo arbitrario, la brutalidad y el crimen de masas. El verdadero escándalo de Sade, ese gran banderín negro colocado sobre la bandera de la Ilustración, no es su lubricidad furiosa, es su pesimismo, su manera torva de confirmar lo que la religión siempre ha dicho, que el sexo, lejos de ser neutro, conduce directamente a la crueldad. “No hay ningún hombre que no quiera ser déspota cuando se excita”, dice un personaje de “La Filosofía en el tocador”. Sólo él comprendió el “gozar sin trabas” como es debido: gozar hasta la destrucción del otro. En Europa, con Sade el sexo se volvió legislador, se asoció licencia erótica y anarquía política, pero en su caso se trata de una legislación puesta al servicio de los fuertes para aplastar a los débiles y disponer de ellos a su antojo hasta el exterminio.

       Pascal Bruckner, “La paradoja del amor”

Galería de láminas que acompañaban los libros de Sade

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