El sujeto (no) es masculino

Simone de Beauvouir explicaba con El Segundo Sexo (1949) cómo en nuestra cultura la persona universal y el género masculino están fusionados: los hombres son portadores de la condición universal de persona. El cuerpo femenino está marcado dentro del discurso en tanto en cuanto el cuerpo masculino, en su fusión con lo universal, permanece sin marca. El género femenino sí está marcado; las mujeres son lo negativo de los hombres, la carencia frente a la cual se diferencia la identidad masculina. Leamos:

El discurso de Beauvouir fue retomado más tarde por feministas como Luce Irigaray con obras como “Speculum” (1974), donde denuncia que la figura “Hombre” haya coincidido siempre con “los hombres”. El Sujeto que encarna la Razón occidental es un sujeto marcado sexualmente con el género masculino, un sujeto contemplado como totalidad, homogeneidad, raciocinio y dueño de control gracias al proceso de negar la contradicción de ser dueño al mismo tiempo de una naturaleza desmembrada, compleja, ambivalente, dominada por procesos no siempre conscientes, y desplazarla necesariamente hacia un segundo término, la Mujer, cuya función dentro del sistema de significación nunca fue asumida como tal. Identificada con la “Naturaleza” y yuxtapuesta a la “Cultura” (que se entiende como equivalente al Hombre), la noción de “Mujer” ha funcionado como un espejo colocado frente a los ojos de los hombres para permitirles tener una  tranquilizadora imagen de unicidad y coherencia como sujetos totales, estables y coherentes que se suponen contenidos a sí mismos.

Leamos un ilustrativo poema en prosa de Muriel Rkeyser (Myth, 1978): “Mucho tiempo después, Edipo, viejo y ciego, vagaba por los caminos. De repente sintió un olor familiar. Era la Esfinge. Edipo dijo: “Quiero preguntarte algo. ¿Por qué no reconocí a mi madre?”, “Diste la respuesta equivocada”, contestó la Esfinge. “Pero eso fue lo que posibilitó todo lo demás”, dijo Edipo. “No”, replicó ella: “Cuando yo te pregunté “¿qué camina a cuatro patas por la mañana, a dos al mediodía y a tres por la tarde?” tú respondiste que el hombre. No dijiste nada de la mujer”.”Cuando se dice Hombre”, repuso Edipo, “se incluye también a las mujeres. Todo el mundo lo sabe”. Y ella replicó: “Eso es lo que tú te crees”.

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